Un linaje veneciano
Nuestra historia comienza en la isla de Murano, donde en 1291 la República de Venecia trasladó todos los hornos de cristal para proteger la ciudad de los incendios — reuniendo así, en un solo lugar, a los mejores maestros vidrieros del mundo. Durante más de siete siglos el arte ha pasado de mano en mano, del maestro al aprendiz, en talleres donde los gestos nunca se escriben sino que se aprenden en años de horno. Cada generación ha custodiado los mismos secretos: el calor preciso de la llama, el ritmo del aliento, el instinto que convierte el cristal fundido en forma. Es un legado que ninguna máquina ha reproducido jamás y que ningún otro lugar ha igualado nunca — la razón por la que 'Murano' sigue siendo, aún hoy, un nombre que el mundo intenta imitar en vano.
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